La entomoproteína de Tenebrio molitor propone una forma distinta y más sostenible de pensar la alimentación del futuro
Un brownie hecho con harina de insecto puede sonar, de entrada, como una idea rara sacada de una película futurista. Pero no estamos hablando de un postre con patas y antenas, sino del uso de una harina proteica obtenida a partir de larvas de Tenebrio molitor, conocido como cucarrón o gusano de la harina. En un mundo que necesita producir más proteína, con menos presión sobre los recursos naturales, los insectos aparecen como una alternativa cada vez más interesante.

Esta harina, también llamada entomoproteína, es el resultado principal de un proyecto liderado por la profesora Sandra Uribe Soto, con la participación del ingeniero agrónomo y docente Juan David Suaza Vasco y estudiantes del semillero del Grupo de Investigación en Sistemática Molecular de Insectos de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. La idea central es sencilla, pero poderosa: transformar larvas de insecto en una fuente alternativa de proteína, con potencial para la alimentación y para modelos productivos más sostenibles.
En el caso de Tenebrio molitor, estas larvas crecen en sistemas diseñados para optimizar su alimentación, su desarrollo y su transformación en biomasa proteica. Cuando alcanzan el punto adecuado, se cosechan, se separan del sustrato donde crecieron y pasan por un proceso de transformación que incluye tratamiento térmico, secado y molienda.
El resultado final es una harina: un polvo fino, estable y con alto contenido de proteína. Esa harina puede incorporarse como ingrediente en distintas preparaciones, como un brownie, sin que el producto final tenga insectos visibles o reconocibles. En otras palabras: el brownie no está “relleno de insectos”; está elaborado con una harina proteica obtenida a partir de ellos.

Sandra Uribe Soto y Juan David Suaza Vasco, investigadores del proyecto, durante la exhibición de productos elaborados a partir de harina proteica de Tenebrio molitor.
Este es precisamente uno de los resultados centrales del proyecto: la obtención de una proteína en forma de harina a partir de larvas de Tenebrio molitor. Además, uno de los datos más llamativos, es que cuando las larvas se alimentaron con mezclas enriquecidas con ingredientes como fríjol, lenteja y levadura de cerveza, alcanzaron hasta 64 % de proteína. Además, las estimaciones productivas del proyecto indican que 1.000 gramos de larvas pueden generar aproximadamente 400 gramos de harina.
Y el proceso no termina ahí; se pone aún más interesante. Mientras las larvas se convierten en fuente de proteína, sus subproductos pueden tener una segunda vida en el campo. Los excrementos de los insectos y sus pieles al mudar pueden aprovecharse como insumos con potencial fertilizante. Así, el ciclo se cierra: se produce proteína y, al mismo tiempo, se generan materiales útiles para la agricultura.
Por eso, más que una curiosidad gastronómica, un brownie con harina de insecto es una excusa para hablar de ciencia, sostenibilidad e innovación. También es una manera de cuestionar nuestras ideas sobre lo que consideramos “normal” en la alimentación. Muchos alimentos que hoy hacen parte de la vida cotidiana alguna vez fueron vistos con desconfianza. Tal vez, en unos años, la proteína de insectos deje de sonar extraña y empiece a verse como lo que es: una alternativa eficiente, nutritiva y con gran potencial.
La pregunta, entonces, no es solo si nos atreveríamos a probar un brownie hecho con harina de Tenebrio molitor. La pregunta de fondo es más grande: ¿qué nuevas formas de producir alimento necesitamos para enfrentar los desafíos del futuro?
Y quizás la respuesta, pequeña pero poderosa, venga de un insecto.